TweetDomingo de elección donde los niños juegan a mojarse, los estudiantes se manifiestan y un grupo de ciudadanos continúan en su sueño de bailar en la alameda
Carlos Sánchez
México, DF.- En el umbral del monumento a la Revolución el agua emerge desde el subterráneo. Se forma una fuente espontánea, intermitente. Los niños juegan a mojarse. Los padres miran el divertimento. En el monumento a la Revolución los estudiantes son la inercia del pensamiento: reflexionar a partir de las herramientas que los libros le han proveído.
En el monumento a la Revolución se construye lo que pudiera ser un presagio, una reacción: ejercer el contenido del nombre de dicho monumento.
Desde allí las voces, las miradas, palabras para decir la realidad de lo que acontece en México y su sistema político (político, vocablo que lacera), palabras como consecuencia de lo que a los estudiantes les ha y está tocando vivir.
Domingo por la tarde. Marco, académico adherente al movimiento #Yo Soy 132, con su tapaboca y en él inscrito el nombre de la organización, me mira con sus ojos en desconfianza. Y no puede ser de otra manera, concluyo al escucharlo mientras impaciente él se lleva unos binoculares negros a su mirada. Desde allí su reacción de paranoia, vigilar el entorno porque se siente vigilado por el sistema gubernamental, se sienten vigilados que es más preciso.
Teniendo el cielo como techo, el monumento como cuartel, la información como defensa, Marco me cuestiona sobre lo que soy y quién soy. No puedo mostrarle mi credencial de reportero, porque a estas alturas y bajo las circunstancias, portar un gafete de prensa es casi un acto de inmolación. Vivimos en un país sin garantías, le comento y entiende. Mira mi credencial del IFE (instituto que ahora sé y entiendo existe para legitimar la corrupción), me hace una foto, su acción me lleva a verlo como un espía, un policía, sin embargo no digo nada, me callo para comprender que su desconfianza tiene argumento.
Marco responde, ante mis preguntas, los objetivos del movimiento, aduce que la existencia más reiterada es la democratización de los medios. Cuándo le pregunto si ellos como estudiantes creen en algún medio, me responde que sólo en La jornada y en Carmen Aristegui, Proceso. Luego menciona los cimientos para explicar los por qué.
Impaciente, intranquilo, mirándome sin mirarme Marco pregunta de nuevo mi nombre y mi lugar de origen, intenta hacer otra foto pero su cámara no funciona. Después de regalarle un libro con la intención de que mire mi nombre en él y corroborare mi existencia por la foto de solapa, lo mira y ni aún así parece estar convencido. Marco me pide una tarjeta, le digo que allí está el libro, que allí mismo mi cuenta de correo. Quedamos en comunicarnos vía internet. Después su mirada de nuevo puesta en los lentes binoculares, como intentando rebasar la línea de la desconfianza y encontrar los misterios que se ocultan dentro del temor.
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El umbral del monumento a la Revolución es una rampa, desciendo sobre ella y al paso me maravilla la escena de dos chavos (barones ambos) que se comunican con los labios. Camino y escucho la sonrisa de los niños, adolescentes, que retan el arribo del agua. Se mojan y es el divertimento. Ellos con su proyecto de alegría, concluyo, mientras miles, millones de ciudadanos viven en la angustia de la incertidumbre, porque ya para esa hora los resultados de la elección presidencial se encuentran cerca de las manecillas del reloj.
Avanzo y unos duros con chile me guiñan el deseo. Embarro mis manos y los dientes trituran la harina henchida. Camino y al llegar a la calle Reforma me encuentro con el poder del sistema: diputados, senadores, del PRI, concentrados en la ostentosidad de un edificio. Los guaruras en sus miradas imponentes hablan por celular y dicen frases de amor, escucho a uno de ellos que posterga la cita al parecer con una chica: Porque esto apenas empieza mi amor, se va a tardar mucho.
Avanzar es también inercia, porque ya la información se amontona en mi cabeza y no es cierto que todo quepa en un cerebro sabiéndolo acomodar. No sé en qué momento mis oídos tienen ya la alegría de la música en vivo. No sé ni cómo pero me descubro en La alameda bailando, solo, en derredor de algunas parejas, heterosexuales algunas, lesbias otras, homosexuales las más.
Mientras bailo con timidez, y cargando la maleta donde guardo mis arreos para registrar la vida y luego escribirla, siento que soy parte de una coreografía que protesta contra el sistema político que padecemos. Bailar para soslayar.
Miro en los pasos de un señor de gafas simpáticas cuyos aros se iluminan de manera intermitente, miro y siento su placer al poner encima de su compañero y pareja las manos para conducirlo de manera ágil y acertada en los pasos de baile. No sé qué canción suena, empero, siento el ritmo en la sonrisa de un chavito gay de cuyo cuerpo se desprende una parva de pájaros, son sus pulseras de chaquiras multicolores. Baila sin la pena del despojo, sin la menor reacción de angustia al perder los objetos.
La música insistente, el baile incesante. A la hora en que los medios acordaron reventar la información de los resultados electorales, las encuestas de salida, a esa misma hora el baile se convertía en una armadura contra el desconcierto. Pudieron los medios y sus resultados, desencajarles el rostro a algunos, a muchos, pero no a todos, los bailantes de La alameda significaron entonces la esperanza para otros: los observadores, los contenidos, los incapaces de la alegría, se convirtió el ejercicio del cuerpo en movimiento en un bálsamo y seguir sonriendo.
Ironía de la vida, designio del destino, frente a La alameda, en el Hotel Hilton, mientras la música y el baile construía la armadura perfecta para con los ciudadanos, otros tantos ciudadanos esperaban por su candidato, escucharlo como consigna, verlo de frente, tener desde él una postura sobre la elección.
Después en el zócalo el contingente para exclamar: Si hay imposición, habrá revolución. Para esa hora los niños aún seguían llenos de agua en el umbral del Monumento a la Revolución; para ese momento Marco se encaminaba a protestar frente a las oficinas del IFE; y todavía, en La alameda, la música y el baile. La respiración.

